sábado, 29 de julio de 2017

TANGO SAFARI

Algunos músicos de la orquesta típica hicieron desganadas averiguaciones y así se supo que el cantor engominado se había ido a vivir con los elefantes.

Sabía que deambulaban en grupos liderados por matriarcas. Sabía que eran desconfiados, peligrosos y hostiles, pero así y todo se las ingenió para quedarse con ellos. Primero, siguiéndolos desde lejos; luego, poco a poco, acercándose al grupo hasta integrarse, de alguna manera. Lo toleraron como a veces toleramos un perro que nos sigue por la calle.

Fueron meses de calor de horno y marcha constante, de sed, de comer plantas amargas, de bañarse con barro, de evitar leones y de aprender hasta cierto punto ese idioma sin palabras.

Un día de truenos lejanos llegaron al cementerio repleto de cráneos, colmillos y costillares enormes. El grupo, quieto, guardaba silencio. Parecía un momento propicio para conversar y el cantor, en ese lenguaje mal aprendido y sin que nadie se lo pidiera, les contó a todos que estaba con ellos porque nunca había podido olvidar a una mujer lejanísima. Que nunca había dejado de amarla. Que daría la vida por revivir aunque más no sea unos minutos con ella.

Pacientemente le explicaron que viajar en el tiempo era muy simple. Bastaba con permanecer en ese mismo cementerio y disponer en círculo algunos objetos fáciles: ramas, piedras, huesos, algunas pieles de serpiente, acostarse en el centro del círculo, pensar únicamente en el tiempo al que quería ir y con quién quería estar.

Así fue que el cantor se encontró aquella noche con ella, en esa ciudad, décadas antes. Se estaban despidiendo. Tuvieron un sexo torpe y después:

- No te vayas, no me dejes.

Él le secaba las lágrimas, mintiéndole que se iba a quedar para siempre.

Rogando en silencio, ella se aferraba a su cara, a su pelo, a su ropa.

La trompa de la matriarca lo estaba sacudiendo, casi con delicadeza.

- Ya está, se acabó, se viene la lluvia y tenemos que seguir.

El cantor quiso contarle, pero ella marcó cada palabra.

- Todo queda en vos. A mí no me interesa.

El grupo apuró el paso y él quiso seguirlos, pero lo pararon en seco.

- Aquí te quedás -dijo la matriarca- Viajar en el tiempo tiene su precio. Y donde vamos ahora no hay cabida para cantores de tango. Pero ya se sabe, tenemos la mejor memoria del mundo: aunque no nos importes para nada, nunca podríamos olvidarnos de vos y cada año, antes de las lluvias, vendremos a visitarte.

Lo destrozó con sus patas y sus colmillos.


La orquesta consiguió un cantor nuevo que al tiempo se casó con la violista.

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