martes, 28 de febrero de 2017

SOY VIEJA, SOY FEA

Era la época en que las figuras en el cielo todavía eran noticias que salían en los diarios. Yo vivía con mis padres y dos gatos, tenía doce años y estaba muy ocupado conmigo mismo, fascinado por los pelos que aparecían en mis piernas, en otras partes del cuerpo y fumando a escondidas.

Esa mañana me lavé la cara y me asomé al balcón; igual que los días anteriores, seguía la Guitarra en el cielo. Fui al comedor y vi a papá sentado a la cabecera de la mesa mirando su desayuno con mala cara. Se sentía su impaciencia. Mamá estaba recostada en el piso, con la cabeza apoyada en el regazo de papá y una expresión tristísima y desolada de la cual, yo ya sabía, ella tenía plena conciencia. El silencio era total, y ellos dos, inmóviles, parecían un grupo escultórico.

Tomé lo más rápidamente posible mi café con leche, dije un chau sin respuesta y me fui al colegio.

Cuando volví, noté dos valijas en el living. Mamá lloraba fuerte en el dormitorio y papá se afeitaba. Le pregunté:

- ¿Adónde te vas?

- Y a vos qué te importa

Al rato tomó sus valijas y se fue dando un portazo que hizo que mamá llorase a los gritos. La puerta cerrada del dormitorio me ahorró el esfuerzo de entrar a verla: su llanto me exasperaba. Me encerré en mi cuarto a leer, pero el llanto estridente de mamá no me dejaba concentrar. Después paró de llorar y entró a mi cuarto sin golpear. Desde la puerta, mirándome fijo, gritó:

- ¡Soy vieja, soy fea!

Se colgó de mi cuello, llorando de nuevo y gritando soy vieja soy fea. Ella no era vieja ni fea, pero yo tenía edad suficiente para darme cuenta de que papá se había ido con una mujer más joven y más linda. La abracé débilmente sin saber qué hacer ni qué decir. 

Lo de soy vieja soy fea duró varios días. A veces, mamá se sentaba al piano y tocaba un rato, pero cuando empezaba a golpear el teclado con los puños yo salía de casa, me juntaba con los dos amigos que tenía o deambulaba solo.

Papá me dio su nueva dirección y un domingo fui a visitarlo. En la calle, pequeñas guitarras traslúcidas hacían ronda alrededor de la cabeza de la gente, yendo y viniendo. No sonaban como guitarras, hacían un ruidito muy débil, como arena cayendo sobre papel.

Papá ocupaba un departamento muy oscuro con unos cuadritos kitsch en las paredes que me hicieron llorar. Me puso la mano en el hombro.

- Vení, bajemos a tomar algo.

En el bar hice preguntas, vas a volver, por qué te fuiste, con quién voy a vivir. Papá contestaba con evasivas hasta que se impacientó y empezó a tratarme mal. No me quiero acordar de las cosas que dijo. De repente, me tomó de las manos, apoyó la frente en ellas murmurando perdoname perdoname. Yo estaba mudo y me sentía igual que cuando mamá se me había colgado del cuello. Me levanté para irme y papá amagó un abrazo que pude esquivar.

Cuando entré a casa, mamá estaba acostada, leyendo. Me miró un segundo para decir hola y siguió con su revista.

No dormí en toda la noche. Me entretuve hojeando libros, revistas y fumando en el patio de los gatos.

Cuando salí del cuarto ya amanecía. Mamá dormía con la luz encendida y la revista sobre el pecho. 

Salí al balcón y entonces vi algo que mucho después me dijeron que era un privilegio: en el cielo, la Guitarra se disolvía como vapor y en su lugar se iba formando un pájaro enorme que abría sus alas al sol. El Pájaro me hizo saber con esas alas que la-vida-recién-empezaba-y-que-el-misterio-que-me-esperaba-guardaba-una-promesa.

En ese momento, le creí.




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