lunes, 13 de noviembre de 2017

VIAJE

Te toca el asiento de la ventanilla. Los otros pasajeros sin cara se acomodan; en el andén, gente también sin cara que hace chau con la mano, algunos miran el reloj, otros están metidos en su celular o se van antes de tiempo sin mirar atrás. 
La puerta se cierra con un soplido, el ómnibus arranca, sale de la estación, acelelera pasando por suburbios cada vez más mediocres y dispersos. Alcanzás a ver carteles que no significan nada.
Los edificios se van espaciando y, poco a poco, el olor a campo se empieza a sentir, a pesar de las ventanillas cerradas.
Cada tanto un rancho, chicos jugando afuera, perros, gallinas. Pensás: cómo será bajarme ahí. Pensás: algo, cualquier cosa, pedirles trabajo sólo por la comida.
Gradualmente surgen sierras a los costados de la ruta, cada vez más altas y hermosas, con esporádicas apariciones del sol que agoniza. Imaginás que cada una de ellas te llama, te dice algo que deberías entender. ¿Subirte a cada una? ¿Fumar en una ladera hasta que se haga de noche? ¿Sentarte en la cima de alguna y llorar nuevamente lo que ya lloraste de sobra?
Rincones muy solitarios entre las sierras se suceden uno tras otro y volvés a pensar quedarme ahí, acostarme boca abajo sobre el pasto, morirme y que nadie me encuentre.
Sierras, sierras, sierras, también bosques y pensás en vagar entre los árboles, acariciarles la corteza como si fueran tus amigos.
¿Cuántas horas pasaron? ¿Dónde, cuándo fue que me subí?
Las sierras se alejan, se achican en el crepúsculo.
Porque ómnibus así siempre terminan llegando.
Desacelera, vuelven a aparecer suburbios, talleres mecánicos y carteles incomprensibles.
Ya es una ciudad justo cuando las luces de la noche empiezan a encenderse.
A través del vidrio, con esa visión sesgada que sólo las ventanillas de los ómnibus permiten, se dibuja la estructura de una estación terminal.
Nadie te espera.

miércoles, 9 de agosto de 2017

PRÓLOGO

aquí estamos parloteando atontados sobre casi nada en realidad las cosas que no son del todo alegremente asustados evitando lo que los ojos no pueden no quieren esconder nuestras manos casualmente cerca y lejos ya rendidos a ese frío ese fuego ese abrigo esa miel que nos libera nos encierra esperando buscando el momento en que el abrazo se derrama desde la mirada desde el café desde el vaso de agua desde los rayos de sol que se apoyan en la mesa

sábado, 29 de julio de 2017

TANGO SAFARI

Algunos músicos de la orquesta típica hicieron desganadas averiguaciones y así se supo que el cantor engominado se había ido a vivir con los elefantes.

Sabía que deambulaban en grupos liderados por matriarcas. Sabía que eran desconfiados, peligrosos y hostiles, pero así y todo se las ingenió para quedarse con ellos. Primero, siguiéndolos desde lejos; luego, poco a poco, acercándose al grupo hasta integrarse, de alguna manera. Lo toleraron como a veces toleramos un perro que nos sigue por la calle.

Fueron meses de calor de horno y marcha constante, de sed, de comer plantas amargas, de bañarse con barro, de evitar leones y de aprender hasta cierto punto ese idioma sin palabras.

Un día de truenos lejanos llegaron al cementerio repleto de cráneos, colmillos y costillares enormes. El grupo, quieto, guardaba silencio. Parecía un momento propicio para conversar y el cantor, en ese lenguaje mal aprendido y sin que nadie se lo pidiera, les contó a todos que estaba con ellos porque nunca había podido olvidar a una mujer lejanísima. Que nunca había dejado de amarla. Que daría la vida por revivir aunque más no sea unos minutos con ella.

Pacientemente le explicaron que viajar en el tiempo era muy simple. Bastaba con permanecer en ese mismo cementerio y disponer en círculo algunos objetos fáciles: ramas, piedras, huesos, algunas pieles de serpiente, acostarse en el centro del círculo, pensar únicamente en el tiempo al que quería ir y con quién quería estar.

Así fue que el cantor se encontró aquella noche con ella, en esa ciudad, décadas antes. Se estaban despidiendo. Tuvieron un sexo torpe y después:

- No te vayas, no me dejes.

Él le secaba las lágrimas, mintiéndole que se iba a quedar para siempre.

Rogando en silencio, ella se aferraba a su cara, a su pelo, a su ropa.

La trompa de la matriarca lo estaba sacudiendo, casi con delicadeza.

- Ya está, se acabó, se viene la lluvia y tenemos que seguir.

El cantor quiso contarle, pero ella marcó cada palabra.

- Todo queda en vos. A mí no me interesa.

El grupo apuró el paso y él quiso seguirlos, pero lo pararon en seco.

- Aquí te quedás -dijo la matriarca- Viajar en el tiempo tiene su precio. Y donde vamos ahora no hay cabida para cantores de tango. Pero ya se sabe, tenemos la mejor memoria del mundo: aunque no nos importes para nada, nunca podríamos olvidarnos de vos y cada año, antes de las lluvias, vendremos a visitarte.

Lo destrozó con sus patas y sus colmillos.


La orquesta consiguió un cantor nuevo que al tiempo se casó con la violista.

viernes, 5 de mayo de 2017

CUATRO POR OCHO

El cantor engominado se plantó frente al micrófono y dijo:

- Fuiste el amor de mi vida y me importa un carajo.

Ante los bailarines y la orquesta, saltó del escenario y a paso firme salió de la milonga por la puerta principal.


martes, 28 de febrero de 2017

GOLFO EN EL NORTE

Golfo en el norte,
noche sin luna y luces
que en la ribera
reflejan su distancia,
palpitan en el agua.

Un hombre solo
no duerme en su refugio.
Observa el cielo,
un deseo lo inunda,
una sola esperanza.

¿cómo salir del antro sellado?
¿cómo escabullirse a través de las paredes 
salpicadas de llanto, de sangre, de ilusiones perdidas?
¿cómo combatir el huracán en silencio?
¿cómo sumergirme en el color de tu iris?
¿qué brújula, qué mapa de piratas 
me guiarán a tu isla?

El hombre sabe:
más allá del deseo
no hay esperanza.

Sólo la aurora,
con su luz de sepulcro,
viene a buscarlo.



USTVARI

la noche anterior a tu muerte, dijiste muchas cosas sin sentido aparente, dirigidas a la nada: yo pensaba que la morfina, que

repentinamente me llamaste y me preguntaste si conocía un lugar que se llamaba Ustvari

te contesté que me sonaba a Europa Oriental, a los Balcanes, que yo podría averiguar, que

pero ya no me escuchabas, seguías con tu discurso agonizante como si no hubieras

a la mañana siguiente me diste un abrazo, el último, tan lúcido y tan fuerte a pesar de

todos estos años pensé siempre en Ustvari, cada día, cada

busqué pero no había nada, le pregunté a búlgaros, rumanos, croatas, gitanos, húngaros, turcos pero no tenían idea, busqué en y busqué por

Ustvari existe, es una aldea entre montañas y tiene una placita con una fuente minúscula donde las mujeres van a

sé que en un momento cada vez mas cercano me iré a Ustvari, porque el universo tiene sus leyes y sus

con una sonrisa me estarás esperando junto a la fuente, nos tomaremos del hombro y nos iremos por ahí, como cuando

ACCIDENTE CON MURCIÉLAGO

El Murciélago en el cielo, el auto a más de 200, imaginabas que el viento te prometía algo.

Vinieron murciélagos translúcidos, pequeños como gorriones, querían tus lágrimas antes que el viento las secara, te rodearon la cabeza y no viste el camión.

Volaste hasta el Murciélago, que sin amor y sin odio te envolvió con sus alas y con una bruma negra. Morir te hizo ver desde el otro extremo del telescopio, desde el fondo de algo que ya no pudiste llamar memoria. 
Sentiste tu inexistencia, esa revelación sin nadie a quien contarla.
Y el tiempo,
esa máquina inservible.
Y la sonrisa de la mujer de tu vida,
irrecuperable como los sueños.
Y la soledad,
esa constante.
Y el amor, 
ese invento.


Después de segundos o siglos, la bruma se disolvió. Si pudieras hablar nos contarías que finalmente la soledad no te hace infeliz, que donde estás no hay figuras translúcidas en el cielo: es azul y límpido y te deja ver más allá del horizonte.

VIAJE

Te toca el asiento de la ventanilla. Los otros pasajeros sin cara se acomodan; en el andén, gente también sin cara que hace chau con la man...